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Parece ser demasiado tarde
Con un nivel de producción notable, Enrique Piñeyro vuelve a abordar el universo de la aviación y la multitud de temores que alberga.
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por MATÍAS MURO

La aeronave Boeing 707 correspondiente al vuelo 052 de Avianca se prepara para despegar. Es el jueves 25 de enero de 1990. El avión había comenzado la ruta de viaje pautada, había despegado en la ciudad de Bogotá y previo paso por Medellín, debía aterrizar en la ciudad de New York. El piloto y su copiloto se comunican con la torre de control. El avión vuela sobre la gran manzana por el lapso de una hora sin poder aterrizar debido a dificultades climáticas en la zona. Algo en el cálculo sobre la cantidad de combustible disponible no está saliendo bien. La torre de control indica que utilicen el combustible de reserva. El control aéreo pregunta al capitán del avión cuánto tiempo más considera que pueden seguir volando. “Cerca de cinco minutos” contesta el capitán. 
Parece ser demasiado tarde. Ese caudal de combustible debía haber sido usado para volar hacia Boston en caso de no poder aterrizar. El avión se desvía haciendo caso a las órdenes del control y se dirige al pueblo de Cove Neck situado a veinticuatro kilómetros del aeropuerto J.F.K. Luego de un intento de aproximar el avión para aterrizarlo como sea, el Boeing 707 correspondiente al vuelo 052 de Avianca se queda sin combustible suficiente para abastecer a uno de sus motores. Menos de dos minutos después se queda sin combustible para abastecer al segundo motor, treinta segundos después no puede abastecer más al tercero. El capitán y su tripulación comunican a control que el avión se está quedando prácticamente sin combustible. El control ordena que intenten aterrizar igual. El piloto contesta, con la perplejidad de un hombre que palpita, impotente, la llegada del infierno pero que al mismo tiempo no comprende nada de lo que ocurre, “Nos estamos quedando sin combustible, señor". 
Esta frase tan inocente remite, por su inocencia precisamente, a la perplejidad que también debe sentir un bebe cuando viene al mundo: “llego a este lugar extraño, no entiendo” imagino decir a un recién nacido. “Me voy de este reconocible lugar llamado mundo, me estoy quedando sin combustible, me voy. No entiendo”, parece querer decir el piloto. De la cuna a la tumba son todas preguntas.

Entonces el cuarto motor del avión se apaga. Sin la fuente de energía principal y solo con la batería encendida, los sistemas esenciales del avión se apagan también. La cabina se queda a oscuras. Los segundos finales son el preludio de las tinieblas. Eternos segundos sin luz como previa de la oscuridad entre oscuridades. El Boeing 707 se estrella contra una colina y se parte en dos. El impacto arroja la cabina hacia un edificio cercano. Ahora la cabina es un ente aéreo separado de otro ente aéreo, la otra mitad del avión. Al estar los sistemas esenciales del avión apagados por la falta de combustible, el avión no se incendia ni estalla y por ello salvan sus vidas 85 personas. Mueren 73, entre ellos el piloto y casi toda su tripulación.

Ahora volemos nosotros. Piloteemos la nave para viajar al futuro. A un futuro que ya llegó y es el presente. Viajemos al año 2016, mes de septiembre. Ciudad de Buenos Aires. Calle Esmeralda, Teatro Maipo. Una cabina de avión, desprendida del resto del mismo, se instala en el escenario del teatro. A los costados y detrás de la cabina, tres pantallas enormes, que rodean al proscenio como columnas-guardianes HD, trasmiten lo que está sucediendo dentro.  Allí se encuentra un piloto profesional, tan profesional como el piloto de Avianca que se estrelló en 1990, es Enrique Piñeyro quién recrea, con su impronta cinematográfica, la tragedia de Avianca en este primer acto de “Volar es humano, aterrizar es divino”. 
Semejante nivel de producción no es habitual en teatro. El comienzo es alucinante, tecnológicamente impactante y preludia al mejor Piñeyro: el de sus películas como “Whisky, Romeo, Zulu” (la de la tragedia de Lapa) o “The Rati Horror Show” (la que narra las tristes picardías de la policía en la masacre de Pompeya). 
La cabina desciende desde imaginarios cielos. ¿Es posible que sea la misma cabina del Boeing de Avianca que retorna desde el más allá? Si la vida es presentación, el teatro es representación. Esta representación parece divina, como lo es aterrizar para Piñeyro. Más allá de posibles resurrecciones, la entidad divina de esta propuesta parece ser el propio Enrique Piñeyro ya que en este descender de los cielos, trae consigo una propuesta de salvación para la sociedad. En la segunda parte de la obra,  propondrá que la sociedad en su conjunto aprenda de los métodos formativos y de trabajo del mundo de la aeronáutica. La tragedia de Avianca fue producto de un error, un error de comunicación entre el piloto y la torre de control y en este mundo de los aviones, como posteriormente expondrá Piñeiro, los errores no se castigan, se aprende de ellos, se aprende a trabajar mejor en equipo.

La representación del momento exacto de la tragedia de 1990 es brillante: la cabina termina de bajar entre una jungla sonora de voces en off  y en el momento en que está por estrellarse, otro panel que funcionará como pantalla baja cual panel develador, tapa el escenario y proyecta una fotografía original de 1990 del Boeing de Avianca estrellado. A partir de la transparencia anti narrativa de esta fotografía, Piñeyro logra su objetivo: interrumpir el ritual de la representación teatral para mostrar lo siniestro en estado puro que coteja al espectador con la imagen inmóvil de la destrucción y la muerte. 

Luego, esta especie de 2001, Odisea del espacio vernácula y teatral, cede su visibilidad ante el emblemático telón rojo carmesí del teatro Maipo que al expandirse tapa totalmente esta escena y da lugar así a la segunda parte de la obra. En ella, Piñeyro baja de los cielos y cual Cristo, toma forma humana. Podríamos decir que humana demasiado humana, o actual demasiado actual. El multifacético Piñeyro dejó en el camarín su traje de piloto y ahora ha retornado envuelto en un elegante frac para hacer una rutina de stand up que, entre power points pedagógicos varios, se prolongará hasta el final de la obra. 
Durante su rutina, que por momentos se asemeja a un monólogo interno literario dicho en voz alta, el maestro de ceremonias expondrá con humor observacional (el cual se expande a partir de su propio caudal de obsesiones) su tesis central: que los miedos a viajar en avión son, muchas veces, absurdos. Así se demostrará, con cifras irreductibles, que los mosquitos son mil veces más mortales que los aviones, que, por supuesto, también lo son los automóviles, como también “los pinches” de las farmacias donde se ponen los papelitos con los números de los turnos. A estos “pinches” Piñeyro los denomina dagas mortales. 

El mundo de la aviación es un mundo particular. Por ejemplo, en su concepción del aprendizaje no se premia la memoria como en la educación clásica y establecida en el resto de la sociedad. Todo aspirante a piloto realiza las evaluaciones a libro abierto como también vuelan con el manual abierto los pilotos profesionales. En este mundo aeronáutico el error no se castiga ya que el castigo propicia el miedo y el miedo no es un buen consejero. El miedo hace cometer el mismo error una y otra vez. Entonces ¿es Enrique Piñeiro un utopista que quiere para todos un “aerotopos” total? Por momentos parece que sí aunque disfrace su romanticismo de pragmatismo y sentido común. 
Esta monumental puesta, pensada, producida y hecha realidad por este particular hombre que es piloto de aviones, médico, cineasta y actor, da cuenta más de un gran romántico a lo Werner Herzog que de un terrenal y aterrizado pragmático. Sus propuestas para con la sociedad no tienen nada de irrealizables ni de lejanas, en este sentido si podríamos afirmar que es también un pragmático. Pero prefiero verlo como un Leonardo Da Vinci postmoderno.

Leonardo, ese utopista renacentista que además de haber sido un gran artista, no abandonó nunca una práctica en especial: dibujar máquinas voladoras.

(“Volar es humano, aterrizar es divino” se presenta los viernes a las 20: 30hs en el Teatro Maipo.)

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