CLASICO > BREVES
El puteador angelado
Un documental repasa el extraño fenómeno del Dr. Tangalanga, aquel gerente de una empresa que se hizo famoso por sus cargadas telefónicas.
anterior
siguiente
626x426

por FERNANDO BERSI

Muchos años antes que FacebookTwitter o las redes sociales nos devoren con su desmesurada onda expansiva con la misma sencillez que un pitbull una galletita de agua, las andanzas del Doctor Tangalanga ya estaban, a palabras de hoy, viralizadas. A mediados de los ochenta, un compilado de bromas telefónicas de Julio Victorio de Rissio –su nombre verdadero- pasó, como chisme de pueblo chico, de la boca de unos pocos a los oídos de todos. Más tarde, esas grabaciones piratas llegaron al circuito comercial: se vendieron más de 400.000 -entre casetes y cds-. Si andás cerca de los 40, seguro en  la mesita de luz, tuviste una copia.

Ahora, a casi tres años de la muerte de De Rissio -se fue a los 97- y a treinta y pico de la divulgación de las primeras cintas, un documental -en realidad, una trilogía, recién se estrenó la 1° parte- encontró a las víctimas de aquellos llamados. Cartón lleno.

De Rissio no fue el primero. Las cargadas por teléfono existieron siempre. Al menos en Argentina. Aunque suene increíble, apenas se colocaron los primeros aparatos a principios del siglo XX, ya había chistosos del otro lado de la línea. Las llamadas costaban lo mismo, duraran diez segundos o dos horas, entonces muchos se divertían barato. La facturación por pulso, desalentó a muchos graciosos. Pero, como imaginará,  el fenómeno Tangalanga engendró una nueva camada de bromistas. Es más, algunos de sus fanáticos, llegaron a comunicarse a los mismos números donde lo había hecho antes el Doctor. Una insolencia. Yo, debo admitir, intenté varias veces hacer caer a algún conocido que mucho no bancaba. Siempre fracasaba: o me quedaba mudo y cortaba de la vergüenza o algún amigo me hacía tentar de risa y me cortaban. Tangalanga era otro.

Fabricante de fantasías, improvisador excelso, inventor de palabras, puteador sublime. Su arte residía en la cadencia y en el tono sentencioso con el que hablaba: “¿Nuca viste una película pornográfica? Minas en bolas, tipos garchando…”. La frase, que no parece guardar ningún atisbo de genialidad, resultaba irresistible por esa rara mezcla de ingenuidad impostada y esa entonación teatral, solemne.

El origen de sus llamados es más o menos conocido. Una tarde, a principios de los sesenta, De Rissio -gerente de compras de Odol - fue a visitar a Sixto, un amigo recién operado internado en una clínica de San Fernando. “¿Te parece lo que me cobra el veterinario por venir a atender a este perro?”. Al otro día, De Rissio grabó a cinta abierta -no existían los casetes- cómo le tomó el pelo al profesional. A Sixto, la ocurrencia, le divirtió. Entonces, De Rissio comenzó a grabar bromas telefónicas como parte de una terapia para su amigo. Al año siguiente, Sixto falleció y Tangalanga se guardó a silencio. Hasta que en los ochenta, el que cayó enfermo fue él: una hepatitis galopante. Dicen, estuvo al borde de la muerte. El desaliento de tantos días en cama, llevó a De Rissio a volver a sus andanzas.

“Esa fue su mejor etapa. La más gloriosa, genial, volada”, me cuenta Diego Recalde, director de Las víctimas de Tangalanga y tangalanista de toda la vida, en una entrevista, como no podía ser de otra manera para esta ocasión, telefónica. Eso sí, nada en joda. “Para mí está a la altura de los grandes artistas del país, Borges y Piazzola. Creó una forma de mirar la realidad, inventó un lenguaje, el idioma Tangalanga donde le dio legitimidad a la mala palabra. Eso es alucinante. Decime qué otro cómico hizo algo así, decime”. Hace un silencio, escucho su respiración, profunda, sigue: “ninguno, ninguno”.

De Rissio vivía contento. No tenía la cara larga de los cómicos cuando no están en personaje. Menos, era un payaso triste, como alguna vez le insinuó su primer representante a Recalde. “Siempre tenía alguna jodita para hacerte”, me cuenta Julieta De Rissio, nieta de Tangalanga. “Más, cuando era pibe, tenía un grupo de amigos con los que hacían bromas en la calle tipo cámara oculta. Claro, no había cámaras, sólo para reírse entre ellos”. A la familia, la exposición de De Rissio no le causaba mucha gracia. Nada de gracia, mejor dicho. Supongo, pensarían que ya estaba grande para un berretín como este. “Igual a mí me mataba de risa”, confiesa Julieta, quien ya tenía 10 años cuando su abuelo comenzó a salir en televisión.

 

 

A Tangalanga la fama lo agarró grande. Tenía cerca de setenta. Las primeras copias las había hecho Sixto para los amigos que lo iban a visitar. Como si fuera un souvenir, de la clínica se llevaban una grabación de las bromas. Pero el boom se dio después de que en 1985 saliera a la venta en nuestro país el grabador doble casetera. Hoy, que con un click se llega a millones, parece algo insignificante. Pero en ese momento, la posibilidad de duplicar una cinta en un mismo aparato fue para muchos más glorioso que poner los pies en la luna. En cuestión de meses, no había pibe en Buenos Aires sin su copia de las llamadas. “Yo lo emparento mucho con el peronismo del 70´”, sostiene Recalde, “con una generación que estaba acostumbrada a hacer circular libros y revistas a escondidas. El fenómeno Tangalanga tiene mucho de eso”.

Eduardo Garcés, amigo de De Rissio -luego manager- fue el primero en vislumbrar la veta comercial. Propuso editar casetes y venderlos a través de avisos en los diarios. Un golazo de media cancha: en veinte días se habían agotado las 600 copias. La alta demanda lo obligó a delegar el negocio en discográficas, cada vez más grandes: Trípoli, DBN, Musimundo. Con el éxito de ventas su presencia en los medios estaba a la vuelta de la esquina.

Algunos comparaban las llamadas de Tangalanga con las cámaras ocultas de Tinelli. Le criticaban utilizar la buena voluntad del otro para burlarse. No se puede negar, algo de eso había. Recalde, en su trabajo, mete el dedo en la llaga del tema. No anda con eufemismos: busca a las víctimas de los llamados. Y encuentra de todo: víctimas dolidas, víctimas avergonzadas y hasta víctimas orgullosas. A los receptores de los llamados, más que el mal momento de la charla, les dolió que se multiplicara a rabiar. Y en eso, De Rissio, al fin de cuentas, no fue el único responsable. Nadie hubiera podido imaginar lo lejos que llegaron esas cintas. Imaginemos que pasaron más de 30 años, y las víctimas tenían razones para pensar que nos habíamos olvidado de ellos. Ahora están en el cine. Una locura.

Stop. Este es un momento clave en la historia. Hacia fines de los ‘80, la voz de Tangalanga era tan conocida como la de la chica que da la hora. Pero su identidad, era un enorme signo de pregunta. ¿Quién era Tangalanga? ¿Alguien conocía su cara? Había teorías de todo tipo. Algunos arriesgaban nombres: muchos señalaron a Juan Carlos Mesa. “Hubo un tiempo que fue hermoso en que su identidad era un misterio total”, escribió en Clarín Hernán Firpo. No tengo pruebas, indicios sí. En ese tiempo, hubo gente que salió a la calle decidida a ponerle rostro a Tangalanga. Recalde, al relatarme su fortuito primer encuentro con De Rissio, me lo dijo sin decírmelo: “me habían pasado el dato de cómo era”. Se había armado tal bola de nieve con respecto a su identidad que hubiera sido imposible mantener mucho más tiempo el misterio.

Beto Casella, fan de Tangalanga, fue el primero en dedicarle espacio en un medio, en 1991: una página completa en la revista Somos. Más tarde, comenzó a ser habitué de los estudios de televisión. Estuvo con Guinzburg, Susana Giménez y fue parte del staff de Café Fashion. También publicó cuatro libros y realizó más de 100 shows -con giras por Uruguay, Chile, México y Estados Unidos- con llamados en vivo. Por más que aparecía con las facciones escamoteadas -bigote postizo, gorro, antifaz- la intriga sobre su identidad estaba revelada.

“Pagó un precio demasiado alto por darse a conocer. Perdió magia, se volvió más puteador, más agresivo. Y apeló a algunos trucos que no están buenos”, cree Recalde, “pero lo entiendo, una vez le pregunté por qué lo hizo: necesitaba que lo quieran. Y gracias al cariño de la gente vivió hasta los 97, no tengo dudas de eso”. Para Julieta, su nieta, más que por su aparición en tele, el cambio en el tipo de humor de su abuelo tuvo que ver con las exigencias de la época. Lo resumió en una frase: “eran los noventa”.

Hoy, las bromas telefónicas, como los teléfonos a disco, son piezas de museo. Razones, varias. Porque con el caller id es más sencillo -aunque existen trucos para evitarlo- descubrir al verdugo. Porque con el celular las comunicaciones son efímeras y cada vez menos habladas. Porque cuando suena el fijo es una fija: telemarketer, el banco o, incluso, hasta la posiblidad de un secuestro virtual. Pero, sobre todo, porque la conversación telefónica como punto de encuentro social está acabada. No hay manera de mantener una charla con un desconocido del otro lado de la línea por más de un minuto. Hasta con los amigos, hoy, uno por teléfono se escribe más de lo que se habla.

Diseño web